Fernando Mires - DESPUÉS DEL 3-N: ENTRE EL OCASO Y LA LOCURA
Escribo el día 4 de noviembre del 2024, recién después de leer la prensa e informarme de las repercusiones del aplastante triunfo de los demócratas sobre los republicanos en las elecciones de medio término seguidas en todo el mundo con atención inusitada. Aparentemente, nada nuevo. Las elecciones en los EE UU siempre interesan pues se trata del país con más implicaciones internacionales del orbe y, aunque los electores norteamericanos no sean conscientes de este hecho -son muy pocos los que votan por la política exterior sea en los EE UU o en otras partes del mundo- en la realidad global que vivimos esas elecciones fueron seguidas como si hubieran tenido lugar en un país llamado Mundo.
El pueblo electoral norteamericano pasó a ser en un día representante de millones y millones de ciudadanos globales que creen que la democracia sigue siendo, como dijo Churchill, “la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás”.
¿Elecciones o referéndum?
Independientemente de las razones por las cuales votó cada ciudadano, la prensa internacional analizó la derrota electoral de Trump como un triunfo de la democracia constitucional por sobre la democracia personalista autoritaria y restringida y a la vez populista que representa Trump y su epígonos, sean estos un Milei o una Le Pen, un Bolsonaro o una Weidel. Miradas globalmente, estas elecciones también significaron un duro golpe a la estrategia política y militar del dictador Putin, sobre todo teniendo en cuenta que en el conflicto clave, el de la guerra de Rusia a Ucrania, EE UU y Rusia habían construido una alianza estratégica anti-ucraniana y, por lo mismo, anti-europea. La alianza seguirá, pero todos sabremos que esa no es la política de los EE UU, sino solo la de Trump y su grupo.
Fue un voto castigo, escriben periódicos norteamericanos. La verdad, esa frase no dice mucho. Cada elección castiga a sus perdedores. No obstante, la derrota de Trump sí podría ser considerada un castigo debido al hecho de que las elecciones de medio término asumieron, tanto para los electores como para la opinión pública mundial, el carácter de un referéndum: un sí o no a la persona de Trump, aunque Trump no opine lo mismo (ha cargado en contra de los republicanos). Una característica por lo demás propia a todos los gobiernos populistas, los que al ser muy personalistas, convierten cada elección en un plebiscito en contra o a favor de un líder. El populismo puede ser también un cuchillo de dos filos. Si gana, gana el líder. Si pierde, pierde el líder (aunque Trump no quiera reconocerlo).
Ahora, si esta será una derrota transitoria o definitiva del populismo trumpista, solo lo sabremos después. No conviene anticiparse a los hechos. Lo importante es que la del 3-N fue para Trump una debacle. El mapa opositor aumentó su magnitud en zonas tradicionalmente republicanas. Georgia, Nuevo Hampshire y Carolina del Norte se sumaron a Iowa, Kansas, Texas y Carolina del Sur.
La política interior norteamericana siempre tiene repercusiones mundiales y al revés también. Cualquier incidente estratégico o económico mundial afecta directamente a la política interior de los EE UU. En ese sentido no deja de ser significativo que el 3-N -en contra de lo esperado- amaneciera con el mercado bursátil en alza, tanto en Europa como en los EE UU. Trump, evidentemente, estaba por convertirse no solo en un peligro geopolítico, también económico, dentro y fuera de los EE UU. Así al menos lo percibieron muchos de los que una vez fueron fieles electores. Hoy, así lo hemos leído, Trump se excusa aduciendo que la derrota no fue la de su política sino de la infortunada guerra a Irán. Lo que no dice es que esa guerra a Irán es parte fundamental de su política expansionista.
Los demócratas estadounidenses lograron así unir lo interno y lo externo mostrando cómo la inflación se encuentra relacionada con la política arancelaria de Trump, tesis compartida por no pocos políticos republicanos. En términos generales, centraron su discurso en contra del alza del costo de la vida ofreciendo propuestas dirigidas a la protección del consumidor, sobre todo a las familias de ingresos medios y bajos. No fue mucho lo que hablaron de la guerra a Irán ni de la guerra a Ucrania.
Más importante que las proposiciones económicas y políticas acertadas, fue la implementación de políticas comunicativas puestas en marcha por los candidatos demócratas. La mayoría de ellos buscó la cercanía con el interlocutor social. De tal modo que mientras los trumpistas asumen un discurso populista, los demócratas dieron en la clave asumiendo un discurso popular. La diferencia entre lo populista y lo popular es, en este caso, muy importante.
Lo populista y lo popular.
Por de pronto, los demócratas introdujeron dos novedades en su proceder electoral. En primer lugar, la estrategia denominada “un candidato en cada rincón y no solo en los swing states” dio resultados. En segundo lugar, los candidatos fueron seleccionados no solo entre los que tenían antecedentes políticos sino entre líderes sociales, sobre todo entre aquellos que estaban más cerca de los sectores victimizados por la política de gobierno. No eligieron a candidatos antisistema, como suelen hacer los populistas, sino a candidatos populares, con arraigos sociales y comunitarios. Algunos son independientes de partidos. Los ejemplos más notorios fueron James Talarico de Texas -seminarista y maestro de escuela a la vez– o el pastor metodista Adam Hamilton en Kansas, quienes utilizaron un lenguaje más moral que político, muy diferente al de los políticos republicanos y demócratas tradicionales, buscando las cercanías con el mundo popular, haciéndose eco de las demandas más sentidas por la ciudadanía.
Si el lema de los trumpianos había sido Haz América grande otra vez, los candidatos demócratas adoptaron otro que podría ser entendido como Haz América nuestra otra vez.
La del 4-N fue, si se quiere, una contienda entre candidatos populistas y candidatos populares. La diferencia entre ambas denominaciones es grande. El candidato populista convoca a la gente mediante un discurso grandioso o hiperbólico. El candidato popular, en cambio, se hace eco de las demandas cotidianas de la gente común, adentrándose en el presente de la vida cotidiana, haciendo desaparecer esa sensación de “ajenidad” que convierte a los políticos en seres lejanos, sustituyendolos por seres vivientes con los cuales se puede conversar en el día a día. En los EE UU, no ahora, sino desde los días en que fue elegido Zohran Mamdani alcalde de Nueva York, está naciendo una política de cercanía. Así podríamos denominar al nuevo paradigma nacido de la experiencia opositora a Trump. Aunque soy reacio a citarme, esta vez lo haré. Estas fueron algunas palabras que escribí después del triunfo de Mamdani en Nueva York.
“Ninguna promesa histórica, sea comunista o trumpista, sea social o neo-liberal, puede ser cumplida si no son atendidos los problemas fundamentales de la población. Puede ser la inflación, puede ser la desocupación usada como medio para detener la inflación, pueden ser los sistemas de salud pública, o la movilización colectiva, o los conflictos generacionales, o la delincuencia, las bandas callejeras, las familias mal constituidas, los conflictos entre libertad y tradición. El político no es ni debe ser un nuevo Moisés, sino un asesor de una ciudadanía que vive sus problemas reales tal como ellos son o se presentan. Todo eso lo dijo Mamdani si usar como protección a ninguna ideología, desde la calle, escuchando a la gente existente y real”.
Los demócratas estadounidenses aprendieron del ejemplo que Mamdani dió. En tiempos globales, efectivamente, existe el peligro de la expropiación de la política ciudadana, sea por los medios, sean por las elites, sea por la nube tecno económica que intenta gobernar al mundo usando a presidentes imperiales como alfiles en el tablero mundial. En ese contexto, el Partido Demócrata optó por una política de cercanía; no fue ideológica ni populista. Una política sin “soluciones finales”. Una política que no considera a los humanos (sean emigrantes, sean habitantes de barrios pobres, sean diferentes sexuales) como simples números que pueden ser borrados. Una política que no tiene solo lugar en las grandes plazas, sino también en hospitales, en parroquias, en comunidades agrarias y urbanas. En fin, una política que no es solo de los partidos sino de la gente común y en lugares donde son reconocidos los problemas individuales como problemas sociales. Podríamos llamarla, una transpolítica. Quiere decir: una política que se hace y se renueva de acuerdo a las necesidades e ideales de sus actores, actuando como sujetos y no solo como objetos (masa aclamatoria) de las elites.
Como se infiere, nos estamos refiriendo a una política totalmente contraria a la del trumpismo donde un líder mágico, rodeado por una mezcla de políticos, empresarios y mafiosos, imagina dominar al mundo con contradictorias ocurrencias mediales. Los candidatos del partido demócrata, por el contrario, se convirtieron en altoparlantes de las demandas de los barrios, fueron a hablar con latinos, con musulmanes y cristianos, a los poblados pobres, tomando contacto directo con ese conjunto de minorías que conforman la mayoría de la nación norteamericana.
La elección de medio término no fue una rebelión de las masas, pero sí fue una reacción de la ciudadanía electoral en contra del autoritarismo populista impuesto por Donald Trump y los suyos. Una reacción democrática en el pleno sentido del término y que, como tal, tendrá también repercusiones al interior de los partidos oficiales.
Como es sabido, al interior del Partido Demócrata coexisten dos visiones, una tecnocrática y otra que podríamos llamar comunitaria o comunitarista con cierto arraigo intelectual en la década de los ochenta, gracias a las plumas de intelectuales como Michael Walzer y Michael Sandel y que hoy reaparece en políticos como James Talarico o Hakeem Jeffriees que entienden a los EE UU como lo que ha llegado a ser históricamente: una comunidad de comunidades.
De manera parecida, la derrota del anarquismo trumpista llevará a replantear la incondicionalidad de los republicanos a Trump, recreando un conservadurismo de tipo popular, siempre latente en sus filas, sobre todo en las comunidades rurales y religiosas que, además, ven en Trump, un disociador moral.
En resumidas cuentas, la elecciones de medio tiempo en los EE UU pueden iniciar un proceso de renovación al interior de los partidos políticos norteamericanos, manteniendo siglas y estructuras partidarias, pero también produciendo cambios copernicanos al interior de la práctica política, ajenos al tecnocratismo académico de las elites demócratas y al populismo republicano que llevó a Trump al poder. Transformaciones políticas equivalentes con los cambios que deberán ser introducidos en la política exterior del país, quiera Trump o no.
El impacto internacional del 3-N
La mayoría de los comentaristas aduce que Trump, dado el enorme peso conferido constitucionalmente al ejecutivo, mantendrá intacta su política exterior, por lo menos hacia Rusia, China y el Oriente Medio. Puede ser. Es posible incluso que Trump intente conquistar hacia el exterior las aprobaciones que ha perdido en el interior. Sin embargo, hay que convenir en que la derrota sufrida por Trump fue tan aplastante que, de una manera u otra, su peso internacional también se verá afectado.
Será distinto, para Europa o China, por ejemplo, tratar con un presidente cuya política es repudiada por la mayoría de los habitantes de su país. El gobierno de Trump está, guste o no, herido en un ala, y eso afectará la trayectoria internacional del presidente. Su gobierno, cierto, no ha perdido nada en legalidad, pero sí ha perdido mucho en legitimidad (para hacer la diferencia tan cara a Carl Schmitt). Más todavía si consideramos -como hemos subrayado en diferentes ocasiones- que el trumpismo no solo es norteamericano, sino un proceso regresivo que se venía gestando, sobre todo al interior de las ultraderechas europeas y latinoamericanas, antes de que Trump llegara por primera vez al poder. O para decirlo de otro modo: El trumpismo es un fenómeno norteamericano que ha tenido lugar al interior de un fenómeno global, a saber: el auge del nacional populismo a nivel internacional.
Antes de Trump ya habían llegado al poder los nacional-populistas a Hungría, a Turquía, a Israel; el lepenismo francés, el integrismo polaco, el populismo holandés, ya existían en Europa. En América Latina también existían, sea en su forma de izquierda (chavismo) o en su forma de derecha (uribismo). El de Trump, visto así, fue y es un nacional-populismo entre tantos habidos y por haber. El más poderoso, si se quiere, pues sobrevino en el país occidental más poderoso. Pero por eso mismo, sin los EE UU, el nacional populismo mundial carecerá de eje global. Y esto no deja de ser importante.
Visto desde esa perspectiva, la derrota electoral del trumpismo es también una durísima derrota para la dictadura de Putin y para los nacional-populismos europeos, adictos a Trump y a Putin, como son entre otros, la Agrupación Nacional de Le Pen, el Vox de Abascal, y la AfD de Weidel. Esos gobiernos y partidos podrán seguir ganando y perdiendo elecciones, pero, aunque sea con una Francia lepenista, sin un centro mundial de dominación como son los EE UU, carecerán de perspectiva histórica, a menos que Trump y los suyos puedan recuperar su fuerza política en dos años, algo difícil (aunque no imposible) que llegue a ocurrir. Los canadienses al menos podrán respirar tranquilos. Sin ser el representante cuantitativo de su nación, Trump podrá anexar a Groenlandia. Pero no mucho más. Mal que mal, un gobierno debilitado tiende a perder sus energías expansionistas.
Desde esa misma perspectiva internacional, el segundo gran derrotado ha sido el dictador Putin, no solo porque peligrará su alianza anti-europea con Trump, sino porque en un muy breve lapso ha perdido a un aliado políticamente muy importante, Victor Orban en Hungría, su peón en la ONU, y a otro más importante, Aleksandar Vučić en Serbia, donde ha tenido lugar el nacimiento de una oposición democrática y pro-europea, la de los estudiantes, cuyos métodos de lucha electoral fueron muy parecidos a los que llevaron a cabo los seguidores del Partido Demócrata en los EE UU (los 250 candidatos serbios no fueron elegidos por los partidos sino en asambleas populares)
La política nacional tiene muchos efectos internacionales; eso es innegable. Ningún gobierno débil a nivel nacional podrá ser un gobierno fuerte a nivel internacional. Por eso Trump ha decidido, aunque fuera para salvar las apariencias, no ver en el 3-N una derrota personal sino una derrota de los republicanos. “Si yo hubiera ido en la lista, habría sido distinto”, adujo. Opinión que, aparte de su índole narcisista, oculta un proyecto de Trump; y es el siguiente: Trump no quiere ser el candidato de un partido sino de un movimiento (el trumpista, también llamado MAGA) situado al exterior pero también al interior de los partidos. De ahí su disposición a “trabajar junto“ con el Partido Demócrata. Allí “hay muy buena gente”, dijo. Efectivamente, así es. Allí hay muy buena gente. Pero si esa buena gente quiere trabajar junto con Trump, sobre todo después de haber derrotado a Trump, es otro tema.

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