Fernando Mires - ENTRE LA NUBE GLOBAL Y LOS IMPERIOS ESTATALES

 

En un simple artículo de opinión no vamos a construir una nueva teoría del imperialismo. Nuestra intención es más limitada: llamar la atención sobre un hecho conocido, a saber: que bajo las condiciones geoestratégicas que priman en nuestro tiempo, más el aparecimiento y consolidación de una una nueva oligarquía transnacional económica y financiera, las relaciones geopolíticas deben ser analizadas a partir de vinculaciones configuradas entre poderes territoriales y poderes supranacionales y, por lo mismo, supraestatales. Sobre este tema diferentes autores han intentado formular algunas respuestas.

Yanos Voraufakis utilizando una imagen más literaria que historiográfica, aduce que nos encontramos frente a la aparición de un feudalismo a escala mundial en donde una monarquía tecno-económica e interespacial dicta condiciones a todos los estados de la tierra. Visto así, Xi Jinping, Trump, Putin deberían ser considerados algo así como agentes feudales de una monarquía supranacional formada por magnates, productores y propietarios de nuevas tecnologías, entre ellas la digital y las que derivan de la IA. 

La imagen no deja de ser atractiva desde el punto de vista de la ciencia-ficción. No obstante, conviene en este caso tomar una lupa, analizar con cierto cuidado, y comprobar que la llamada dependencia de los poderes territoriales con respecto a los supra-territoriales es relativa y no absoluta. En muchos casos puede darse a la inversa, esto es, que también las corporaciones internacionales lleguen a ponerse al servicio de poderes nacionales como son los de EE. UU, China, y algunas potencias económicas y militares intermedias. Si esto es así, no estaríamos hablando de una dependencia sino de una interdependencia entre estados nacionales y poderes supraestatales, en fin, de un entramado de relaciones múltiples y complejas.

Trump y Xi, por cierto, se nos presentan como líderes económicos y militares nacionales. El primero haciendo gala de una radical retórica anti-globalización. Pero si observamos con atención la conducta internacional de los EE. UU podemos deducir que su interés no es independizarse del fenómeno de la globalización, sino imponer condiciones y, si es posible, conducir a la globalización persiguiendo sus propios intereses, poniendo límites a las corporaciones globales, sean estas nacionales o internacionales.

El hecho de que el gobierno Trump se hubiera apurado a dictar una nueva Estrategia de Seguridad Nacional (2025) muestra de modo claro cómo EE. UU reclama el derecho a  asegurar la hegemonía, y si es preciso la propiedad territorial, sobre otras naciones (Groenlandia, Venezuela) en el marco de "su" hemisferio occidental. El imperio global, es lo que queremos remarcar, no ha sustituido a los imperios nacionales.

No negamos que algunos poderes extranacionales pretendan convertir a gobernantes de poderosos estados nacionales en vasallos al servicio de una oligarquía tecno-económica supranacional, pero tampoco podemos negar que, tanto un Xi como un Trump, se esfuerzan en utilizar los conglomerados internacionales para ponerlos a favor de sus estados, monopolizando tecnologías, e incluso (China más que los EE UU) financiando a determinadas “nubes globales”.

Más todavía; en oposición a predicciones surgidas en los orígenes del proceso globalizador, me atrevería a afirmar que, en vez de un debilitamiento de los estados nacionales estamos asistiendo a un fortalecimiento de ellos con China y los EE. UU creciendo hacia el interior del propio espacio global, y Rusia tratando de subsistir apelando a la fuerza bruta en un espacio de competitividad interestatal del que cada vez está más lejos.

Muchos nos hablan de Silicon Valley como ejemplo de dominación mundial, e incluso política. Aquí hay, sin embargo, una confusión. La hegemonía tecnológica, económica y cultural concentrada en conglomerados como Silicon Valley no es equivalente a la dominación política ejercida por los estados nacionales más poderosos. No se trata, por supuesto, de que los magnates de la tecnología post-industrial no tengan poder político, pero solo lo tienen si traspasan el muro de los estados nacionales y, por tanto, necesitan de esos estados como agentes de cooperación. La nube, para ejercer su dominación, requiere de la tierra, y la nube, por ser nube, no puede ser territorial. 

O dicho más prosaicamente: Egon Musk precisa de un Donald Trump y Donald Trump precisa de un Egon Musk. Pero a la vez, siendo partes del mismo entramado, hay diferencias.

Trump quisiera apoderarse de la nube o tener más control sobre ella como en cierto modo lo hace Xi Jinping. Pekín y el hub tecnológico de Shenzhen operan de forma independiente a la tecnología estadounidense y dominan áreas claves como la producción de hardware, el despliegue de 5G y aplicaciones masivas de comercio, pero a la vez carece de la plasticidad de Sillicon Valley para desplazarse en el espacio mundial. Sillicon Valley es un aliado de los EE. UU. Shenzhen es un instrumento de China. Y la diferencia no deja de ser importante.

En el espacio occidental, reiteramos, hay una alianza entre un imperio territorial como son los EE. UU y la dominación transversal ejercida por corporaciones tecno-económicas globales. Pero al solo ser una alianza y no una absorción, hay diferencias entre los intereses de “la nube” con los poderes de “la tierra”. Una de esas diferencias las presenció el mundo hace poco. Ocurrió cuando los intereses geoeconómicos del imperio norteamericano representados en la persona de Trump y los intereses transnacionales del imperio tecno-económico representados por Musk chocaron entre sí. Una diferencia que venía gestándose desde que Trump comenzó a imponer aranceles a troche y moche a empresas no norteamericanas con inversiones en los EE. UU. Clientes del conglomorado interespacial fueron afectados directamente, lo que para Musk y otros magnates lesionaba el pacto no escrito entre el poder de la nube global y el poder de las naciones. Así por lo menos lo vio Musk.

La ruptura entre Trump y Musk pareció ser eminente en junio del 2025. Musk (quien lideraba el Departamento de Eficiencia Gubernamental, DOGE) calificó la ley de Trump como una "abominación asquerosa" que llevaría a Estados Unidos a la bancarrota debido al gasto descontrolado. A su vez, el aumento de la deuda y la llamada eliminación de los subsidios, sobre todo para los vehículos eléctricos, emprendidas por el presidente Trump, fueton vistos por Musk como un ataque directo a Tesla, y eso lo llevó a desatar un ataque sin precedentes a Trump, con amenazas de revelar detalles sobre los vínculos del presidente con su proveedor: Jeffrei Epstein.

Musk fue incluso más adelante: llamó a fundar un nuevo partido político con el exótico nombre de America Party. Pero Trump ni siquiera se inmutó. Sabiendo que en el terreno político nunca Musk iba a derrotarlo, pero también que el estado norteamericano nunca estará en condiciones de confrontar al imperio global de Musk, Trump comenzó a retroceder, sobre todo cuando advirtió que Musk no bromeaba cuando anunció “tocar” los contratos multimillonarios que mantiene SpaceX con el Pentágono. Mediante esos contratos Musk adquiere dominio absoluto sobre la infraestructura militar a través de su división de defensa Starshield y de la Fuerza Espacial. Trump y su gente comprendieron entonces que el que se avecinaba podría llegar a ser un choque de trenes entre el poder económico global y el poder político estatal de los EE.UU. Algo así como el que tuvieron Prigozyn y Putin en Rusia, pero esta vez en un marco civilizado. Lo mismo entendió Musk. El primero mantuvo los subsidios y dejó de usar el arma arancelaria por un tiempo. El segundo dejó a un lado sus absurdos proyectos políticos.

Musk, cuantitativamente, es más poderoso que Trump. Domina el sector de vehículos eléctricos con Tesla, controla el transporte espacial mediante SpaceX, provee internet global estratégico con Starlink, genera decenas de miles  de puestos técnicos directos, mueve cotizaciones bursátiles y criptomonedas con sus declaraciones y, no por último, moldea la opinión pública internacional con Twitter. Pero el suyo, y he ahí su inferioridad cualitativa, no es un estado. Y el mundo, quiera o no, es un mundo dividido en estados.

Probablemente ambos potentados, el de la economía y el de la política, no se aman. Pero saben lo imprescindibles que son el uno para el otro. Las nubes vienen de la tierra y la tierra necesita de las nubes. No obstante, el conflicto entre la nube global y los estados políticos tampoco ha desaparecido y, al parecer, no desaparecerá. Puede aparecer en cualquier parte y en cualquier momento. De hecho, ya apareció en donde menos se esperaba: en el fútbol.

Como es sabido los vínculos económicos entre el presidente de la FIFA y el gobierno de EE UU han logrado estrecharse hasta alcanzar relaciones simbióticas durante y después del mundial de futbol del 2026. Gianni Infantino, no es un misterio, es el hombre de Trump en el subimperio del fútbol, hecho que comenzó a ser público desde que el magnate de la FIFA concedió a Trump un ridículo “premio de la paz”, tan ridículo como la entrega del premio Nobel de la Paz de María Corina Machado a Trump.

Por un momento creímos que estos solo eran detalles propios a la “sociedad del espectáculo” y optamos por no darle importancia. Sin embargo, ahora lo sabemos, se trataba solo de los inicios de un nuevo capítulo de la novela trumpista, escrita para alcanzar la supremacía en todos los ámbitos de la tierra, incluyendo el del comercio del espectáculo (no vamos a decir deporte porque hace tiempo que el fútbol no lo es).

La fauna periodística habla de la privatización del fútbol. Nada más irrisorio: el fútbol nunca ha sido estatal, salvo en China (quizás por eso sus jugadores son tan malos). Luego, el fútbol no puede ser privatizado. De lo que se trata, por lo tanto, es de la lucha por la hegemonía entre tres empresas multinacionales del fútbol, la FIFA y sus ramas europeas y latinoamericanas.

Infantino ha propuesto la creación de una filial comercial llamada FIFA Forward Enterprise. Planea privatizar más del 20% de este negocio para recaudar más de $4,200 millones de dólares. En ese mega-negocio está involucrada directamente la familia Trump. El grupo inversor líder seleccionado por la FIFA para esta multimillonaria operación es Thrive Eternal, una firma de capital de riesgo dirigida por Joshua Kushner (hermano de Jared Kushner, yerno y asesor clave de Donald Trump). Aparentemente, un negocio más dentro de los muchos que se tejen alrededor del fútbol. Lo nuevo es la intervención directa de un gobierno político asociado a una empresa económica privada, lo que de hecho convertiría el fútbol mundial en un objeto dirigido por y desde los EE. UU.

Hasta tal punto la FIFA ha sido intervenida desde y pot los EE. UU que en la Trump-Tower en Manhattan la FIFA mantiene instalaciones y paga alquileres en el piso 17. De tal modo que la lucha emprendida por la federación europea no es contra la “privatización” sino en contra de la “norteamericanización” del fútbol, emprendida por consorcios ligados a Trump como pivotes de la nube global.

Infantino quiere robarle el alma al fútbol” dicen los empresarios futbolísticos europeos. No es cierto. Solo quiere que esa alma sea norteamericana. En ese sentido el aparentemente torpe intento de Trump al ordenar a Infantino retirar la tarjeta roja al jugador norteamericano Balogun, puede que haya sido un deliberado acto de narcisismo destinado a mostrar que su poderío se encuentra por sobre las leyes de este mundo, sean estas constitucionales o futbolísticas. Tal vez eso es cierto, pero una mínima decencia obligaba a no mostrar impúdicamente tanto poder. No solo en el fútbol, en todos los ámbitos de la vida, hay que cuidar las formas. Esa es, evidentemente, la parte más débil de Trump. Todos sabemos que Trump no es un demócrata. Pero lo que muchos no le perdonan, es que ni siquiera intenta parecerlo.

La UEFA, seamos claros, no es menos mafiosa que la FIFA y que la CONMEBOL. Al fin son dos brazos del mismo cuerpo. Pero a diferencia de la CONMEBOL que, acatando a los nuevos y ultra derechistas gobiernos latinoamericanos, no oculta su obediencia a las decisiones de los EE. UU, la UEFA opera en un continente donde el sentimiento antinorteamericano no solo es propio a las izquierdas sino también a gran parte de las derechas, llegando a ser, en algunos países, parte de la cultura nacional. Tal vez Infantino, después de su encontronazo con Europa, se mantenga en el poder de la FIFA, o tal vez se convierta en un chivo expiatorio o que, a propuesta de Trump, llegue a ser el nuevo Secretario General de las Naciones Unidas. Da lo mismo.

El presidente de la UEFA, Aleksander Čeferin llegó a amenazar con un boicot europeo a las competiciones de la FIFA (como el Mundial de Fútbol o el nuevo Mundial de Clubes) si Infantino sigue adelante con la venta de activos comerciales. Sin la participación de Europa, Infantino mantendría el poder pero el fútbol perdería mucho interés. Infantino, por cierto, tiene la mayoría y maneja todos los mecanismos para ser reelegido. Pero Europa tiene el arma del boicot. Lo más probable es que Infantino se irá para que sea elegido alguien similar pero menos manchado. Pero aquí, reiteramos, lo que menos importa es Infantino.

Lo que verdaderamente está en juego es si la sociedad que se da entre empresas globales (no solo del fútbol) y el gobierno norteamericano logra imponer su hegemonía en el campo de la cultura de masas, algo que nunca lograrán China o Rusia. Pero para eso necesitan de Europa. Probablemente ese mismo problema volverá a aparecer bajo otras formas en las próximas Olimpiadas.

El caso Infantino ha demostrado cómo los conflictos entre los poderes estatales y los empresariales que actúan tanto en la tierra como en el cielo digital no desaparecerán de un día a otro. Lo nuevo es que el complejo tecno-económico intenta penetrar hasta en los interiores más íntimos del entretenimiento ciudadano. El gusto que queda  al saber que, solo mirando en la tele un simple partido de fútbol, estamos dejando entrar en nuestras propias casas a los proyectos de poder mundial- no deja de ser un tanto amargo.

El gobierno norteamericano, ya lo hemos visto, no está interesado en promover, mucho menos en defender a las democracias y a sus libertades. Ni siquiera le interesa el fútbol. Los grandes consorcios –se desprende de la retórica trumpista– no están en contra de los estados nacionales, a los que necesita como pivotes para expandirse geográficamente, sino en contra de los estados nacionales más débiles. Estos últimos deberán ser repartidos entre potencias y subpotencias (Palestina,Venezuela, Groenlandia, quizás Cuba) o simplemente serán abandonados a su perra suerte (Libia, Irak, Nicaragua)

Bajo la hegemonía chino-norteamericana, como representaciones terrenales de la nube global, las naciones pueden llegar a ser también bienes intercambiables.

Nota: Para la recopilación de algunos datos se utilizó la asistencia de modelos de inteligencia artificial (ChatGPT / OpenAI).


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