Fernando Mires - MESSI Y SUS APÓSTOLES
Los dos directores ténicos, Tuchel y Scaloni, se sorprendieron mutuamente. Los dos hicieron cambios destinados a reforzar la ofensiva. Con ello querían decir, a sus jugadores y al público, nos vamos a jugar el todo. Inglaterra apareció con variantes ofensivas. Los veloces James y Rice fueron puestos desde un comienzo para facilitar las entradas de Kane.
Scaloni sorprendió aún más: Sacó del medio al flemático de Paul y apareció por la punta derecha Simeone hijo, quien se parece mucho a su padre tanto en la cara como en su juego mordedor (nunca da por perdida una pelota) y, a la vez, suma un dribling endiablado. Era la carta que se reservaba Scaloni y al parecer la conversó con Messi quien buscó mucho a Simeone con pases siempre precisos hacia la banda derecha.
Inglaterra conservó su esquema, pero Argentina, con Simeone, alteró el suyo. El juego no solo tendría lugar por el centro, donde suelen amontonarse los argentinos, sino por las puntas. Pero eso era de prever. Durante el primer tiempos ambos equipos se anularon, aunque hubo un cierto predominio inglés, donde Bellingham y Gordon administraban balones con pericia.
Bajo esas condiciones los sistemas ofensivos parecían no funcionar. Casi no hubo disparos directos al arco en el primer tiempo y los arqueros eran solo dos espectadores más. El orden de las cosas cambiaría recién en el segundo tiempo. A los 55 minutos, Gordon, después de un cruce de Rogers hizo el primer gol. Entonces ambos entrenadores hicieron lo que siempre hacen cuando un equipo va ganando y el otro perdiendo. Inglaterra pasó a la defensiva y Argentina a la ofensiva. La diferencia fue que Tuchel – no ocultando su miedo - ordenó una defensiva total y Scaloni una ofensiva gradual.
Scaloni sacó del campo al excelente mediocampista defensivo Paredes (en estas ocasiones no se necesitan mediocampistas defensivos) y en su lugar puso al rápido Gonzáles a correr por la izquierda. Tuchel en cambio desarmó al equipo inglés al sacar inexplicablemente a Gordon. La embarró.
Inglaterra comenzó a perder coherencia mientras los ataques argentinos se sucedían uno al otro en busca de lo que ya se han convertido en especialistas: La “remontada”. No obstante, el extraordinario arquero inglés hacía atajadas imposibles. Incluso los palos del arco donde la pelota rebotaba parecían jugar en contra de Argentina.
Los argentinos al fin no tenían más alternativa que echar agua al cántaro con la esperanza de que alguna vez se rompiera. Y así fue como otra vez vimos a Messi elevando el rostro al cielo pidiendo, seguramente, ayuda al Tata. Y parece que otra vez fue escuchado. A los 85, un centro de Messi fue conectado por Fernández quien, con un verdadero balazo, la encajó justo en el rincón de las ánimas del arco británico.
La verdad, digamos como breve apartado, si no existiera Messi, Enzo Fernández podría ser el jefe del equipo. Tiene un excelente manejo del balón, ordena el juego desde atrás y, además, aparece siempre en el momento oportuno para inclinar la balanza. Un jugador completo.
Vistas así las cosas, Scaloni hizo todo lo contrario a lo que había hecho Tuchel. Mandó a todo el equipo adelante dejando a Messi en el medio para que ordenara el juego e hiciera sus punzantes pases. Sorprendió sí con el cambio de Leandro Martínez – quien lo venía haciendo bien - por Otamendi. Seguramente este entró no para defender sino para cabecear hacia el arco enemigo en medio de los amontonamientos que se sucedían sin cesar, materia en la que es experto.
Pero el cabezazo de la fama lo logró el recién ingresado Lautaro Martínez. Al llegar a a este punto debo preguntar: ¿Se dieron cuenta ustedes? El salto y el cabezazo de Lautaro fue casi un calco del salto y cabezazo de Maradona con el que Argentina derrotó a Inglaterra el 1986. Sí, el mundial de “la mano de Dios”. La única diferencia fue que Martínez lo hizo con su propia cabeza después de un pase milemétrico de Messi.
Ahí, en ese minuto 92 del 2026, jodió Inglaterra.
Tuchel, como si se hubiera vuelto loco de repente, mandó a todos los que tenía como atacantes en el banco (futbolistas “africanos” diría el futbólico Rajoy) a bucar el empate. Messi puso entonces la calma. Argentina comenzó a jugar al tiquitaca y en eso nadie les gana. Los ingleses tuvieron que conformarse con las Malvinas (algunos despistados argentinos, de esos que nunca faltan, pedían que se las devolvieran) y los argentinos con la final del campeonato donde se verán las caras con los españoles en un duelo que, esperamos, será sensacional.
Como en Qatar, hace 4 años, los argentinos intentarán obtener el merecido título de campeones mundiales. España, campeón de Europa, intentará arrebatárselos con una también merecida ambición. Argentina posee el mismo cuadro del 2022, pero en su juego hay una variante muy importante. Antes el equipo jugaba para Messi. Hoy Messi juega para el equipo. Los apóstoles de Messi tienen hoy más responsabilidades que ayer.
Si Messi será el Mesías de esa religión del pueblo argentino que es el fútbol, está todavía por verse.
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