Fernando Mires - EL TRUMPISMO SUDAMERICANO
Convendrá decir que lo que llamamos trumpismo no solo es un fenómeno norteamericano, sino una forma populista de gobierno que ha emergido en diversas latitudes y que en los EE UU, como en todos lugares en donde aparece, está condicionado por la presencia de un lider movimientista y presidencial a la vez. Los líderes, en general, formatizan a los movimientos de acuerdo a carcaterísticas nacionales y locales. Un Trump, como personaje político es muy norteamericano, de la misma manera que un Milei es muy argentino, y un Putin, excesivamente ruso.
Visto así, lo que llamamos trumpismo, puede ser entendido como la expresión norteamericana de fenómenos de connotaciones universales, y tiene que ver en gran medida con el declive de la llamada sociedad industrial (Touraine) y el tránsito que lleva hacia la sociedad posindustrial a nivel global. En gran medida se trata de un periodo intermedio en el cual el nuevo orden socioeconómico no ha sido todavía constituido y el antiguo orden ya no puede continuar (Gramsci).
En encrucijadas parecidas (tránsito de la sociedad estamental (Weber) a la sociedad de masas, por ejemplo) surgieron fenómenos políticos como el fascismo y el comunismo, cuyas diferencias han sido muy analizadas, pero sus evidentes semejanzas, muy poco. Hoy en día, para no hablar de neofascismo (el fascismo surgió sobre condiciones distintas, reitero) hemos utilizado, en indirecta pero premeditada analogía con el nacional-socialismo, el concepto de nacional populismo.
Bajo el término nacional-populismo entiendo a la nueva conexión que se está dando entre masas socialmente desintegradas (anómicas según Durkheim) y líderes mesiánicos, díganse ellos de derecha o de izquierda. Lo que tampoco es nuevo: líderes como Mussolini y Hitler se consideraban de izquierda, pero en contraposición al internacionalismo de la URSS, se definían como nacionalistas. Lo mismo está sucediendo hoy día.
El nacional-populismo, del cual, repetimos, Trump es solo su expresión norteamericana, integra en sí tópicos que fueron propios al fascismo del siglo XX, pero en condiciones determinadas por la globalización y la digitalización del siglo XXl. Así como el fascismo originario puede ser considerado como una reacción moderna en contra de la modernidad, los movimientos nacional-populistas -de los que el de Trump y Putin parecen ser los más importantes - pueden ser vistos como reacciones posmodernas en contra de la posmodernidad.
Del mismo modo como el fascismo del siglo XX, los movimientos, partidos y gobiernos nacional-populistas de nuestro tiempo poseen una extraordinaria capacidad para integrar en sus discursos elementos objetivamente contradictorios. Por ejemplo, diciéndose todos nacionalistas, son más internacionalistas que los movimientos socialistas del siglo XX. La dependencia ideológica y económica con respecto a los líderes del nacional populismo en los países poderosos es casi total. Los putinistas europeos siguen al pie de la letra los dictámenes de Putin y los trumpistas se subordinan a la palabra de Trump con la misma sumisión a como ayer eran acatadas las palabras de un Hitler o de un Stalin.
Como hemos dicho, el trumpismo es muy norteamericano, pero continuador de un nacional populismo que se había dado mucho antes en países europeos, representado en partidos como la Agrupación Nacional de Le Pen y la Alternativa para Alemania de Alice Weidel, o en gobiernos como los de Orban en Hungría, Fico en Eslovaquia, Erdogán en Turquía, y por supuesto, en la Rusia de Yelzin y Putin. Sin embargo, como los EE. UU. no son cualquier país, el hecho de que apareciera en forma de trumpismo posibilitó que los EE. UU. se convirtieran en un punto de irradiación del nacional populismo mundial.
El nacional socialismo alemán tampoco fue el primer fascismo europeo pero, dada la importancia internacional de Alemania, se convirtió en un punto de concentración e irradiación del fascismo europeo. Hoy vemos como dos imperios dirigidos por líderes nacional populistas, como son los de Putin y Trump, convergen en Hungría defendiendo al nacional-populismo de Orbán contra sus enemigos electorales. La historia no se repite, pero rima. En ese sentido no debe extrañar demasiado que en América Latina también haya aparecido el fenómeno trumpista con una intensidad hasta hace poco no imaginada.
Decimos trumpista, y no simplemente derechista, y esto es importante. Lo decimos, porque en el fenómeno nacional-populista convergen los restos de lo que ayer fue la derecha conservadora, defensora de tradiciones, confesionalmente católicas y de indesmentibles orígenes agrarios, con grandes movimientos de masas enfervorizadas que hasta hace poco seguían a líderes y gobiernos de izquierda.
Por cierto, los partidos trumpistas toman para sí algunas connotaciones de las antiguas derechas pero integradas en un marco populista. Por ejemplo: se ha dicho, y no sin razón, que un personaje como Milei es el Perón de la derecha, pero por lo mismo, no solo es de derecha, de la misma manera que Perón no solo era deizquierda. El de Milei es un movimiento de masas cuyo propósito nacionalista es “hacer a Argentina grande otra vez”.
En el país vecino, Chile, José Antonio Kast, también intenta lograr la unidad nacional pero utilizando los envoltorios tradicionales de la derecha más conservadora de su país. No obstante, es seguido por una masa plebeya, políticamente enardecida, una que comparte con su antiguo competidor, el extremista JohannesKaiser Barents-Von Hohenhagen, en indirecta concordancia ideológica. Hasta en el lenguaje se nota. El de Kast es ultramontano. El de Kaiser es plebeyo. Pero no el uno ni el otro. Ambos son las alas del nacional-populismo (o trumpismo) chileno.
Podríamos afirmar entonces que tanto en Argentina como en Chile ha tenido lugar una alianza entre elites ultraderechistas con masas desintegradas que ayer tendían a seguir a los partidos de izquierda, populistas o no. Pero a la vez, mientras esa masa se hace presente con mayor intensidad en la figura rocambolesca de un Milei, la elite tradicional chilena se hace más bien presente en la figura tradicionalista de un Kast. Ambos, a la vez, son y se declaran abiertos seguidores de Trump, es decir, miembros del movimiento internacional del nacional populismo. En la misma línea se orientan los presidentes de diversos países latinoamericanos.
Santiago Peña del Partido Colorado en Paraguay, Nayib Bukele en El Salvador, José Raúl Mulino en Panamá, Laura Fernández en Costa Rica, Rodrigo Paz en Bolivia, Nasry Asfura en Honduras, pueden ser catalogados como abiertos gobernantes trumpistas. Daniel Noboa, de Ecuador, se suma a esa corriente, intentando mantener posiciones que todavía, a duras penas, lo ligan al centro.
En consecuencias: para controlar al Hemisferio Occidental al cual pertenece América Latina, Donald Trump no ha tenido que trabajar demasiado. De hecho, las fuerzas criollas latinoamericanas se están tomando el poder a favor de Trump, requiriendo mucha menor atención norteamericana que la que depara en estos momentos Europa, donde, en su proyecto de expansión, Trump está obligado a compartir con Putin. El trumpismo latinoamericano es, por decirlo así, más endógeno que exógeno.
Solo en Argentina ha debido intervenir Trump electoralmente, ayudando a Milei, y en Venezuela militarmente, al extraer a Maduro. También deberá hacerlo en Cuba aunque no sabe muy bien cómo. Nicaragua, al parecer, no le interesa demasiado. De Ortega-Murillo se encargarán probablemente los nuevos gobiernos trumpistas centroamericanos.
Las noticias que llegan a Trump de las encuestas en Colombia y en Brasil tienden a favorecer a las opciones de la derecha, ayer tradicional, hoy nacional-populista. En Venezuela Trump se da el gusto de tener incluso dos opciones trumpistas. La insurreccional que representa María Corina Machado y la gubernamental que representa Delcy Rodriguez. Congénita la primera, inducida la segunda. Hasta ahora ha tomado partido pragmáticamente por la segunda pues garantiza el orden y la estabilidad que no garantiza la primera. A Trump como a Xi no interesa el color del gato. Lo importante es que cace ratones.
En suma, con respecto a América Latina, Trump puede respirar tranquilo. Quizás es el único presidente norteamericano que ha gozado de esa seguridad. Más todavía si, observando el comportamiento de algunos gobiernos latinoamericanos, vemos que varios de ellos son, o han llegado a ser, más trumpistas que Trump. Lo que no debe extrañar demasiado. Mientras en los EE. UU. Trump debe imponerse a contracorriente de la estructura democrática de la nación, en América Latina solo le basta adaptarse a tendencias autocráticas y autoritarias que prevalecían antes de la llegada al poder de los gobiernos nacional-populistas. Por eso las visiones políticas de Trump encajan tan bien con la estructura autocrática heredada por Delcy Rodríguez del chavismo? Y ahí parece estar la verdadera pregunta: ¿Cuál es la razón que explica el aparecimiento de tantos gobiernos nacional-populistas en América Latina?
Quizás sea aquí necesario retomar un hilo: el de la desintegración del orden tradicional industrial y el de la transición hacia un orden económico digital.
No se necesita ser marxista para saber que el tránsito de un modo de producción a otro pasa por el arruinamiento de formas de producción tradicionales, sobre todo en los circuitos industriales. En palabras más crudas, pasa por la desocupación de fuerza laboral no absorbida de modo automático por nuevas formas de producción. Estudios sociológicos venían insistiendo desde fines del siglo XX sobre ese fenómeno. Bajo estas circunstancias tienden a (re)aparecer lo que los antiguos sociólogos latinoamericanos (Prebisch, Sunke, Cardoso e.o.) llamaban “dualismo estructural”, proceso que lleva, no solo a la diversificación del trabajo sino a su precarización.
El trabajo de la sociedad posindustrial es una actividad ocasional y precaria. La era de los contratos permanentes ya no existe, o solo existe para grupos muy privilegiados. Eso produce, al interior de cada nación, un aumento de lo que Marx llamaba “sobrepoblación relativa”, la que se ve obligada a buscar formas elementales de subsistencia, o a emigrar, ya sea del campo a la ciudad, ya sea de una nación a otra. Al mercado mundial también pertenece esa mercancía llamada trabajo. Eso obliga a cada gobierno a confrontarse permanentemente con migraciones internas y externas.
Latinoamérica no está excluida de ese fenómeno mundial. De ahí que cada gobierno se ve enfrentado a la alternativa de: o crear formas de protección frente a masas migrantes precarizadas o crear formas de protección frente al sector social laborante establecido. El trumpismo, sea norteamericano o latinoamericano, se ha decidido por la segunda opción. Para proteger a la liberalidad del comercio laboral establecido debe crear un gobierno políticamente i-liberal (para decirlo con las palabras de Orbán) o simplemente autocrático. Eso significa, enfrentar policial y militarmente a masas excluidas del proceso de producción y así mantener la seguridad de la incluida, bajo el pretexto de la disminución de la delincuencia, cerrando el camino a las migraciones que provienen de países más pobres o empobrecidos.
Bajo todos los gobiernos norteamericanos ha habido deportaciones, sobre todo de “latinos”, pero nadie las había exhibido como espectáculo de masas como lo ha hecho Trump. Cárceles hay en todas partes, pero nadie como Bukele las había presentado como solución política frente al fenómeno de la desocupación la que, entre otras vías, lleva a la delincuencia.
En Chile, Kast ha mandado cavar profundas zanjas para “resolver” el problema de la migración peruana y boliviana. A la vez intenta crear junto con Milei construir un “corredor humanitario” para deportar a venezolanos sin papeles (o sea, sin trabajo). Después Kast reza junto a su esposa y Milei canta y baila no sé con quien. En el mundo feliz del trumpismo sudamericano, los que están adentro adoran a sus líderes con devoción religiosa. Y los que se quedaron afuera no entienden lo que sucede, de la misma manera que en otros lares tampoco entienden las guerras de invasión que desatan sus presidentes, llámense Trump o Putin.
Esos, los que no tuvieron suerte, solo entienden que en este mundo hay dos mundos: el de los que tienen derecho a la vida y el de los que están, aún en vida, muriendo.
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